jueves, 17 de mayo de 2012

Día doce (una entrada de una enamorada de la comida a dieta)

Anoche fui con el señor marido a comer a La Brasserie con uno de sus clientes para celebrar una reunión en la que les había ido muy bien. En La Brasserie, mi restaurante favorito de la ciudad de lejos, me enamoro de ciertos platos por épocas. Hubo un tiempo en el que pedía mejillones con papas fritas y cerveza helada, para sentirme en Bruselas. Otra en que siempre pedía la ensalada con langosta. Últimamente, estoy enamorada del tartare de atún. Eso sí, siempre con un Malbec Alto de las Hormigas, uno de mis vinos favoritos precio-beneficio que por alguna razón nunca lo encuentro en las tiendas pero siempre está allá y en sus restaurantes hermanitos (Casa, Di Lucca y Niko). Sin embargo, ayer tuve que hacerle al mesero una pregunta que jamás pensé iba a hacer en un restaurante: "Mario, ¿Tienen alguna sopa que sea absolutamente vegana?" Eso, después de haber pedido un jugo de feijoa sin azucar y haberle dicho que no al vino y al pan untado con pasta de aceitunas negras (dolor en el alma).

Obviamente no había nada vegano en el menú, y menos las sopas. Después de volver a mirar la carta, decidí que la mejor opción disponible era la sopa de cebolla francesa sin queso y sin pan. Se les olvidó no echarle el pan, así que comí sopa de cebolla con pan rompiendo varios principios de la dieta de desintoxicación. El primero, la sopa de cebolla se hace con caldo de res. El segundo, la cebolla se carameliza con mantequilla. El tercero, para que sepa así de bueno, se le echa grandes dosis de jerez o de algún vino blanco muy seco. El cuarto, por supuesto, tiene por lo menos dos rebanadas del muy temible pan.

Cuando vino el postre, pie de nutella con helado de vainilla que ni probé, F, el cliente del señor marido, un españolete sensacional, me dijo: "Cristi, al paso que vas, la próxima vez que venga por acá, te veré rezándole al Sai Baba". Ante eso, morí de la risa y me tomé el cunchito de vino tinto que le quedaba al señor marido en la copa. Me alcanzó para acordarme qué tanto me gusta el vino. Además, el vino es tal vez la única bebida en el mundo en la que el cunchito es lo que sabe mejor que el resto: ya está aireado y saboreado. Fueron pecados menores pero sabrosos y hoy volví a encarrilarme con una malteada de kiwi, piña, manga (guácale), agua de coco y mantequilla de almendras.

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