jueves, 10 de mayo de 2012

Día cinco

Tres reflexiones para el día de hoy:

Primero, ¿por qué Junger quita el tomate? No lo explica bien en el libro y creo que de todas las cosas es lo único que verdaderamente me hace falta. El tomate es una exquisitez absoluta y es imposible evadirlo en mi casa. Hoy volví a almorzar dónde mi mamá y me hicieron pollo con tomate, aceitunas y alcaparras. No le podía quitar el tomate, así que es la segunda vez que rompo el régimen con tomate. Aunque confieso que comer tomate me parece una falla menor. De resto va muy bien.

Segundo, por ahí dicen que uno nunca puede ser demasiado rico o demasiado flaco y mi respuesta es que sí y sí. Qué encarte tener demasiada plata, termina volviéndosele a uno un trabajo de tiempo completo ser rico y administrarla. Pero esa es una reflexión para mi otro blog y no para acá. Lo segundo en cambio, sí es un tema perfecto para En cuerpo ajeno. Hoy vino una amiga de mi mamá a almorzar: una mujer muy guapa, recién separada, que está en proceso de reconstruir su vida. Llegó a quejarse porque un amigo le había dicho que la veía bien, pero que se subiera tres kilos para quedar perfecta, y que ella estaba feliz como estaba. Yo tengo la filosofía de no meterme en la vida de los demás y menos en sus decisiones sobre sus cuerpos. Es una cosa de principios. Sin embargo, aunque le dije que uno tenía que hacer lo que quisiera con su cuerpo, cosa que sostengo y sostendré siempre, pensé que  a mí no me gustaría estar así de flaca. Yo tengo la ventaja de ser alta, y las altas podemos disimular mucho mejor tanto los kilos de más como los kilos de menos, pero en todo caso, la flacura extrema, que hace que el cuerpo de uno se parezca al de una niñita, no me gusta para nada. Así no me quisiera ver jamás. Me gusta ser fuerte y femenina, y la flacura así la asocio con la debilidad y las niñitas, todo lo contrario. Nótese que aquí no estoy hablando de anorexia, que es otra cosa, sino de ese punto en el que a las mujeres sanas se les va la mano con la dieta y el culo se les vuelve dos cocas al revés.

Tercero, esta dieta tiene unos gallos adicionales de los que no hemos hablado que no están relacionados con la comida. Por ejemplo, que hay que exfoliarse la piel todos los días, cosa con la que no tengo problema.  Pero también hay que bañarse con agua fría y agua hirviendo con intervalos de dos minutos, cosa que me ha costado mucho trabajo. Creo que prefiero no volver a tomarme un trago en mi vida que condenarme a bañarme en agua fría para siempre... Mentiras, si me ponen a escoger creo que prefiero bañarme con agua fría, pero igual creo que logré transmitir la idea de lo duro que me resulta. También hay que evitar las cremas con químicos, el desodorante, y todas las cosas que uno se unta que no se comería. Eso tiene la ventaja de que he estado embadurnándome con aceite de almendras y bañándome con jabón de aceite de oliva. Sin embargo, hoy hice trampa con el desodorante. Creo que una vez cada tres días no será tan grave y prefiero intoxicarme un poco que ser la que tiene chucha y no se da cuenta.


Reflexión final: la mantequilla de almendras está en la categoría de vulgaridades deliciosas del universo. Se la recomiendo a todo el mundo y se puede hacer en la casa (poner almendras a triturar suficiente tiempo para que se vuelvan cremosas y listo). Yo usé mi triturador de café para hacerla y quedó de muerte.

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