No
podré contarlo todo, pues seria un poco extraño pero para propósitos de este
blog quiero decir que aún no he conocido una mujer más bella que mi madre. No he visto una belleza semejante en mujeres
de mi generación, ni en las que hoy en día tienen 40 y se matan en el gimnasio,
no lo he visto en las celebridades de moda y eso que he tenido el privilegio de
ver en persona muchísimas mujeres hermosas en la gloria de su juventud, dentro
de los misterios de su raza y el exotismo de su tipo; no he visto nada más
bello.
Quizás
la veo a través de los lentes del amor, o quizás es un tipo de nostalgia por el
pasado, el recuerdo de lo que viví a su lado o una imagen de mi infancia que
fue tan linda que a veces hasta duele.
La belleza de mi madre siempre ha sido
para mi un fenómeno de la naturaleza y un gran regalo. Crecí viendo el poder arrollador de la belleza,
estudiar de cerca las ventajas, y a veces desventajas, de tener ese don. Entender el efecto tan profundo, y a veces
devastador, que tiene su presencia en otras personas. Vi la manera como puede cambiar el ambiente
de todo un salón cuando ella entra y el deseo, voluptuoso y exuberante, que
suscita entre sus muchos admiradores.
Algunos
creerán que una relación hija/madre es complicada bajo estas circunstancias tan
extremas. Por el contrario, la relación
con mi madre siempre ha sido muy fácil ,y si ha sido difícil, es por lo
sobreprotectora e intensa que puede ser conmigo. Y a pensar de que muchas madres se comparan
con sus hijas y viceversa, nunca me permitiría la injusticia de tratar de
compararme con ella; siempre supe que ella era un regalo y que yo tengo desde
hace tiempo mi propio destino, único e irreverentemente mío.











