Cuando estaba esperando a Amelia, estaba objetivamente más gorda de lo que estoy ahorita. Sin embargo, durante todo el tiempo me sentí maravillosa y guapa. Tal vez era porque tenía 26 años y todo estaba en su sitio y estaba en una etapa deliciosa en la que había superado las inseguridades de los 18 y creía que era dueña del mundo. Pero ahora que estoy esperando a Julia, la cosa es a otro precio. Me siento fofa, gorda y rara. Como si un intruso se hubiera tomado mi cuerpo con celulitis, cosas que crecen y barros en la cara. Siento un amor profundo por Julia, además porque es un bebé requetebuscado y megaesperado. De hecho, se hizo esperar casi dos años la muy vedette. Con Ame no alcanzamos a pensar en si tal vez ya era hora "de encargar" cuando ya estaba en camino. Sin embargo, me ha costado muchísimo trabajo acostumbrarme a los cambios. Tal vez es porque que ahora tengo unas nuevas inseguridades sobre mi cuerpo, tal vez por las dietas de desintoxicación que he hecho, las bobadas con la comida orgánica y fit, las maratones, el kickboxing y las pendejadas en las que me he metido últimamente. Porque eché para atrás. Tal vez es porque los 32 no son los 26.
En todo caso, hoy estuve buscando ropa de embarazo y me di cuenta de que las modelos de ropa de embarazo son tan irreales como las de la ropa "normal". Unas malditas con brazos torneados, piernas reflacas y una barriguitas coquetas que les dan solamente un allure de coquetería. Nada que ver con la mujer blandita, pesada y lenta en la que me estoy convirtiendo de a poquitos y que definitivamente no quiere ponerse unos "skinny jeans" cuando tenga unos 6 kilos más que sumen a los 3 que ya tengo.
Por ahora, me metí al clóset y saqué toda la ropa apretada, chiquita o que no me pudiera poner en estos días y dejé solo lo que sé que me sienta. Ya veremos como logro volver a sentirme normal...